Temía que desapareciera en medio de una repentina nube de humo y que yo me despertara.
Tampoco importaba si no me queria: no importaba cuanto tiempo pudiera vivir, jamás podré querer a otro.
No me parecía que el dolor se hubiera debilitado con el tiempo si no que, por el contrario, más bien era yo quién se había fortalecido lo suficiente para soportarlo.
Pero quería que sus labios fueran el último placer que sintiera; aún más deseaba que fuera su veneno el que emponzoñara mi cuerpo. Eso haría que le perteneciera de un modo tangible y cuantificable
Si todo pereciera y el se salvara yo podría seguir existiendo; si todo lo demás permanecira y él fuera aniquilado el mundo se convertiria en un desconocido totalmente extraño para mi.
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